Le pediría que me deje sacarle una foto.
Luego tomaría mi cámara, dejaría atrás el atardecer para ir a un país y a una ciudad conocida; y a una calle y a una casa intuida y soñada.
Tocaría un timbre y subiría las escaleras como suben las burbujas en la copa de champagne.
Esperaría con el corazón alocado a que me abra su puerta (hermana de otra que guarda la entrada al Paraíso). E intentaría luego, con un sólo disparo, capturar el universo de su rara belleza.
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