Quiso rearmar, repitiendo historias, aquella mujer a partir de muchas.
Compartió sabores, texturas y borracheras con la de pelo ensortijado. La de piel joven y morena le regaló risas y melodías. Con la de mirada insinuante saboreó estrellas y amaneceres. La de cejas perfectas compartió los juegos que él inventaba. Y la de labios carnosos y pequeños le contagió su fe en mañanas felices.
Pero a cada una (y a todas juntas) les faltó el hálito inexplicable y milagroso : ese que tornó a la ausente, única, insustituible y, sobre todo, inolvidable.