Paseó lento por el recinto inmaculado. Las mujeres lucían refinadas y frías. En cambio los hombres eran modelos de cartón barato, con el triste destino de lucir relojes caros.
No le importó el arte. Sí la indiferencia de esa morocha distinta; la de espaldas a todo, excepto a la pintura.
Absorta. Con la grácil copa de champagne engarzando su perfecta mano.
Decidió acecharla con la simple estrategia de observar el cuadro.
No le importó el arte. Sí la indiferencia de esa morocha distinta; la de espaldas a todo, excepto a la pintura.
Absorta. Con la grácil copa de champagne engarzando su perfecta mano.
Decidió acecharla con la simple estrategia de observar el cuadro.
La pampa en su última luz. Un ojo de agua gris y el horizonte ávido de tormentas.
Cercanos, dos indios arrancando un galope inesperado de crines y músculos; de gritos y lanzas.
Y en sus rostros torvos una lejana, salvaje sensualidad.
La noche agonizaba cuando despertó inquieto.
Aún le daban vueltas las burbujas, el cabello negro, la fingida resistencia y la larga cabalgata.
Ella dormía sosegada por el fragor de la dulce lucha. (Recuperó de entre la penumbra su perfil olvidado).
Luego él se levantó con sigilo, invitado por el alba que se desperezaba. Corrió la vidriada puerta y salió desnudo al mangrullo de cemento y metal y miró la ciudad que ya se movía insolente abajo.
Cobijó el breve fuego; disfrutó del tabaco. Un viento sur le trajo nostalgias de campo, de estrellas y de aguadas.
Volvió a entrar.
Y ella ya no estaba…
Cercanos, dos indios arrancando un galope inesperado de crines y músculos; de gritos y lanzas.
Y en sus rostros torvos una lejana, salvaje sensualidad.
La noche agonizaba cuando despertó inquieto.
Aún le daban vueltas las burbujas, el cabello negro, la fingida resistencia y la larga cabalgata.
Ella dormía sosegada por el fragor de la dulce lucha. (Recuperó de entre la penumbra su perfil olvidado).
Luego él se levantó con sigilo, invitado por el alba que se desperezaba. Corrió la vidriada puerta y salió desnudo al mangrullo de cemento y metal y miró la ciudad que ya se movía insolente abajo.
Cobijó el breve fuego; disfrutó del tabaco. Un viento sur le trajo nostalgias de campo, de estrellas y de aguadas.
Volvió a entrar.
Y ella ya no estaba…

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