Entró apurado. Recogió los carteles, las banderas y el aerosol.
Y ya en la calle se encontró con sus compañeros, también militantes. Ella ese día no estaba; habían discutido. Pero no de política.
Y habían decidido cortar.
A él, un duro acostumbrado a las discusiones, refriegas y noches de fogata y frío, lo vencían los celos. No podía con ese sentimiento que lo doblegaba. Y las reuniones tardías de su compañera en el gremio liderado por un antiguo amante, lo sublevaban.
La noche anterior, y en el momento sagrado de abandonarse a todo, ese tal Víctor se interpuso entre su piel y la de ella. No tardaron nada los reproches, los gritos, el llanto y su intempestiva decisión de no seguir.
Pero ella decidió esta vez morderse la lengua y el corazón. Calló otra explicación de cosas que no necesitaban explicarse. (Era muy difícil luchar contra tanto fantasma).
Caminando rumbo al sitio acordado, cada paso de él era un golpe sobre el asfalto indefenso. Nadie le hablaba a ese rostro de hierro que ese día no le hablaba a nadie.
Y aunque la policía, los bastones y los perros estaban cerca, esta vez la lucha despiadada se libraba en su interior.
Dobló en la esquina de siempre, pero no quiso reprimir el volver a esa ochava tan virgen de pintadas, enmarcada con unas flores de ceibo que resaltarían cualquier consigna.
Desenfundó el aerosol, lo agitó, y con mayor convicción que nunca escribió: «GISELA, TE AMO».
Y ya en la calle se encontró con sus compañeros, también militantes. Ella ese día no estaba; habían discutido. Pero no de política.
Y habían decidido cortar.
A él, un duro acostumbrado a las discusiones, refriegas y noches de fogata y frío, lo vencían los celos. No podía con ese sentimiento que lo doblegaba. Y las reuniones tardías de su compañera en el gremio liderado por un antiguo amante, lo sublevaban.
La noche anterior, y en el momento sagrado de abandonarse a todo, ese tal Víctor se interpuso entre su piel y la de ella. No tardaron nada los reproches, los gritos, el llanto y su intempestiva decisión de no seguir.
Pero ella decidió esta vez morderse la lengua y el corazón. Calló otra explicación de cosas que no necesitaban explicarse. (Era muy difícil luchar contra tanto fantasma).
Caminando rumbo al sitio acordado, cada paso de él era un golpe sobre el asfalto indefenso. Nadie le hablaba a ese rostro de hierro que ese día no le hablaba a nadie.
Y aunque la policía, los bastones y los perros estaban cerca, esta vez la lucha despiadada se libraba en su interior.
Dobló en la esquina de siempre, pero no quiso reprimir el volver a esa ochava tan virgen de pintadas, enmarcada con unas flores de ceibo que resaltarían cualquier consigna.
Desenfundó el aerosol, lo agitó, y con mayor convicción que nunca escribió: «GISELA, TE AMO».
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