«Ten cuidado que pronto pasarán los gitanos por el pueblo.
Nada de salir a la hora de la siesta, pues se aprovechan de que no hay nadie
por las calles y con una mirada basta para que te roben, como se han robado a
los niños de otros pueblos».
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No creí que podría alcanzarlo,
pero lo corrí y alguien me ayudó en el instante supremo.
Y aquí estoy en el furgón de cola,
agitado y feliz, disfrutando de un pucho mientras miro a mi alrededor: somos
cuatro los tipos. Y una gitana.
El de gorrita duerme la mona en el
piso; otro, sentado con las piernas colgando del pequeño y cambiante abismo,
disfruta de su música y del viento que le remueve los pelos. El de corbata y
chaleco lee algo de parado, ajeno a todo. Y ella: sentada de cuclillas frente a
mi.
La miro de vez en cuando,
fugazmente; aunque no lleva el pelo cubierto, se la reconoce por sus rasgos, su
ropa brillante y un escote que no sufre de vergüenzas; es muy atractiva, quizás
por lo maravillosamente joven. O tal vez por sus cejas de redondez perfecta y
unos ojos oscuros que, certeros, devuelven mis miradas obligándolas a huir
hacia paisajes que no ven.
De repente, meneando la pollera
colorida y sin importarle nada, se levanta, viene decidida y se ofrece a leer
mi destino. (El del libro me mira de reojo, el que va colgado se da vuelta a
ver que pasa y el que estaba dormido vuelve a acomodar la gorra en su cara
luego de observar la escena).
Quiero decirle que no, que no creo
en esas cosas, que no tengo un mango. Pero ya tiene mis manos temblorosas entre
las suyas, pequeñas y firmes.
Se queda callada una eternidad,
mirándolas como se mira el mapa de un tesoro; al fin, alzando la vista y
robando todo el aire que me rodea, narra secretos que el ruido del tren y los
latidos que me atormentan no me dejan escuchar. Sólo llego a intuir, o leer en
sus labios, un «…vivir tus sueños para ser feliz».
Luego acerca su boca a mi oído y
susurra en un grito:
«Me bajo en la que viene… ¿me das
un cigarrillo?». Se lo doy, e intento encender también el mío. Y ella que sigue
inundándome con sus ojos.
Nos quedamos mudos. Fumando.
Mirándonos y viendo la estación que se acerca y va quedándose inmóvil.
El tiempo pasa veloz mientras
miramos el río multicolor que desciende, se mezcla y arremolina con otro que
sube al tren que ya comienza a despedirse lento.
Un pitido largo y ella que se baja
suave, como un pañuelo robado por el viento. Camina en el sentido del tren, sin
dejar de mirarme.
Por un instante pienso en
saltar...
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